Las emociones en los hombres, consulta de psicoterapia y coaching en Sabadell y online.

¿Sentimos lo que creemos que sentimos?
A muchos hombres nos enseñaron desde niños que la tristeza nos hacía parecer débiles. También aprendimos que sentir miedo era cosa de cobardes. En general, cualquier emoción que mostrara vulnerabilidad parecía estar prohibida. Sin embargo, el enfado, la indiferencia o la ironía sí estaban permitidos. O al menos consentidos, especialmente en la edad adulta. Puedes ver algo más en el siguiente artículo:
¿Qué nos pasa a los hombres con las emociones? Inteligencia emocional y masculinidad
Con el tiempo, esas reglas pueden convertirse en una forma automática de relacionarnos con nuestras emociones. Cuando aparecen el dolor o la incertidumbre, ponemos en marcha mecanismos que aprendimos hace años. Mecanismos impuestos sibilinamente por el patriarcado.
Así, por ejemplo, cambiamos tristeza por rabia, miedo por indiferencia o inseguridad por ironía. Así aprendimos muchos hombres a protegernos. El problema aparece cuando confundimos esa protección con nuestra verdadera forma de sentir.
Sin embargo, estas emociones en los hombres no desaparecen porque intentemos esconderlas. Siguen ahí, aunque aprendamos a expresarlas de otra manera. Gestionarlas tampoco significa reprimirlas.
Significa levantar el capó de nuestra mente y observar qué está ocurriendo debajo. ¿Qué sentimiento legítimo estamos intentando esconder por debajo de, por ejemplo el enfado?
La trampa de la sustitución: cómo expresamos las emociones los hombres en realidad
Las emociones reprimidas no desaparecen. A menudo quedan escondidas detrás de otras que hemos aprendido a expresar con mayor facilidad. Ahí aparece la sustitución emocional. Una emoción permitida ocupa el lugar de otra que hemos aprendido a considerar inapropiada, incómoda o peligrosa.
Podemos mostrar enfado cuando realmente sentimos miedo. También podemos aparentar indiferencia cuando algo nos ha dolido profundamente.
Esta sustitución puede protegernos durante un tiempo. Sin embargo, también dificulta nuestra expresión emocional y nuestras relaciones. Incluso puede alejarnos de las personas que más queremos.
El paso de la vulnerabilidad al enfado: hombres y emociones prohibidas
Imagina que el dolor es una herida abierta. En lugar de curarla, colocamos encima una armadura de hierro. La herida sigue ahí. Simplemente, hemos dejado de verla. Algo parecido puede ocurrir con los hombres y las emociones.
El miedo y la tristeza se convierten en emociones prohibidas. En cambio, reaccionamos con ira, indiferencia o distanciamiento. Pero estas emociones o sentimientos sustitutivos esconden algo muy diferente.
Detrás de un hombre furioso puede haber un hombre herido. También puede haber alguien asustado, frustrado o desbordado. La gestión emocional comienza cuando somos capaces de mirar debajo de esa primera reacción. No se trata de eliminar la rabia. Se trata de preguntarnos qué sustituye a la tristeza.
Para saber más sobre hombres y emociones puedes ver el siguiente artículo:
Tristeza y miedo, ¿por qué los hombres se ríen cuando lo advierten en la mujer?
Por qué nos cuesta tanto la expresión emocional a los hombres
No nacimos siendo rocas frías e inquebrantables. Muchos aprendimos determinados patrones emocionales mientras crecíamos. La expresión emocional en hombres está muy condicionada por la socialización masculina y las normas de género. Desde pequeños podemos recibir mensajes sobre cómo debería comportarse un hombre.
«No llores».
«Sé fuerte».
«No tengas miedo».
«Tienes que poder tú solo».
Esas frases parecen pequeñas. Sin embargo, repetidas durante años pueden enseñarnos qué emociones podemos mostrar y cuáles debemos esconder. Por eso, abrirnos sinceramente puede resultar difícil incluso cuando queremos hacerlo.
El peso de los mandatos sociales: masculinidad y emociones
El estereotipo del hombre fuerte, distante y frío se ha relacionado tradicionalmente con determinadas ideas sobre la masculinidad. Muchos aprendimos a contener el llanto y esconder nuestras inseguridades. También aprendimos que pedir ayuda podía interpretarse como una señal de debilidad. Esta visión de la masculinidad puede resultar asfixiante.
Nos exige parecer siempre fuertes, seguros y resolutivos. Como consecuencia, escondemos nuestra vulnerabilidad masculina. Es como llevar una mochila llena de piedras. Al principio puedes soportarla. Después pesa cada vez más. Hasta que un día descubres que llevas años cargando algo que nunca necesitaste llevar.
Llorar no nos hace menos hombres. Reconocer que algo nos duele tampoco. Aceptar nuestra vulnerabilidad puede ser una forma de valentía emocional. También es un paso importante para desarrollar una mayor inteligencia emocional.
La inteligencia emocional en hombres
La buena noticia es que podemos aprender otras formas de relacionarnos con aquello que sentimos. La inteligencia emocional en hombres puede desarrollarse y entrenarse. En este artículo no profundizo en el terreno teórico. Prefiero ofrecer una explicación sencilla, cercana y práctica.
Veremos varios ejemplos cotidianos. Si eres hombre, quizá te reconozcas en alguno.
Si eres mujer, probablemente puedan ayudarte a comprender ciertos patrones relacionados con los hombres y las emociones.
Estos ejemplos no pretenden justificar comportamientos tóxicos. Tampoco significan que todos los hombres reaccionemos igual. Son un punto de partida para construir una masculinidad más empática, inclusiva y emocionalmente honesta.
Y finalizaremos el artículo con unos ejercicios prácticos.
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Empecemos con una brevísima introducción teórica y situaciones cotidianas.
El mecanismo oculto: qué es una emoción sustitutiva
El Análisis Transaccional clásico utiliza un concepto especialmente interesante: la emoción sustitutiva o rebusque («racket» en libros especializados). Una emoción sustitutiva reemplaza a otra que hemos aprendido a ocultar o evitar. También podemos hablar de sentimiento sustitutivo, emoción aprendida o emoción de sustitución.

Lo que se esconde tras la apariencia
La idea resulta más sencilla con un ejemplo:
Imagina que de niño llorabas cuando sentías miedo. Quizá alguien respondía: «Los hombres no lloran». En cambio, cuando reaccionabas con enfado, nadie cuestionaba tu comportamiento. O, por lo menos, no tanto.
Con el tiempo puedes aprender una regla emocional muy sencilla: mostrar miedo no está permitido, pero enfadarse sí. Pero el miedo no desaparece, continúa existiendo. Lo que cambia es la forma de expresarlo. Para comprender este mecanismo debemos observar la socialización masculina.
Algunas normas de género relacionan la masculinidad con la dureza, la autosuficiencia y el control emocional. Cuando interiorizamos esas reglas, determinadas emociones pueden parecernos inaceptables. Entonces aparece la represión emocional.
Esta restricción de las emociones en los hombres no surge de la nada. Puede aprenderse durante la infancia y reforzarse socialmente durante años. Así se construye un patrón emocional aprendido. La emoción permitida funciona como un escudo. Nos protege de aquello que hemos aprendido que no debemos mostrar. Sin embargo, ese mismo escudo puede impedirnos entender qué sentimos realmente.
Las cuatro rutas ocultas de las emociones masculinas
Para comprender cómo expresan las emociones los hombres, podemos observar algunas situaciones cotidianas.
Por supuesto, cada persona es diferente. Dos hombres pueden reaccionar de maneras completamente distintas ante la misma experiencia.
Estos ejemplos tampoco describen a todos los hombres. Muestran posibles formas de sustitución emocional relacionadas con determinados aprendizajes y modelos de masculinidad.
1. Hombres y emociones, cuando el miedo se disfraza de rabia o desafío
El miedo puede resultar difícil de aceptar dentro de ciertos modelos tradicionales de masculinidad. Imagina que un hombre teme perder su empleo. No sabe qué ocurrirá con su futuro. Tampoco sabe cómo afrontará sus responsabilidades económicas. Tiene miedo.
Sin embargo, su respuesta automática puede ser la rabia. Entonces exclama: «¡Esta empresa es una porquería! ¡Son unos incompetentes!».
Ante una situación peligrosa puede ocurrir algo parecido. En lugar de reconocer el miedo, responde: «¿Miedo yo? Vamos».
La inseguridad frente a otro hombre también puede transformarse en desprecio. Entonces afirma: «Ese tipo es un completo imbécil». Incluso el miedo por una hija puede convertirse en una necesidad excesiva de control.
En todos estos casos, la rabia o el desafío pueden funcionar como una emoción encubridora. El miedo sigue debajo, aunque no se exprese directamente.
Sin embargo reconocerlo no significa volverse débil. Significa comprender mejor lo que realmente nos está ocurriendo.
2. El paso de la tristeza a la ira o la hiperactividad
La tristeza ha sido una de las emociones en los hombres más castigadas por determinados modelos tradicionales. Pensemos en el final de una relación. La ruptura puede provocar tristeza, sensación de pérdida y soledad. Sin embargo, reconocer ese dolor puede resultar muy difícil.
Entonces aparece la ira como emoción secundaria. El hombre dice: «Estoy cabreado por todo lo que hice – o lo que me hizo». Pero quizá no esté solamente enfadado. Quizá esté profundamente triste.
También puede caer en conductas evasivas como el consumo de alcohol. Y esta conducta provocar una falsa alegría.
Perder una amistad importante también puede generar una falsa indiferencia. «Me da igual, cada uno hace su vida», responde. Sin embargo, sí le importa.
Algo parecido puede ocurrir ante un fallecimiento. La tristeza puede transformarse en hiperactividad. La persona organiza el funeral, llama a familiares y resuelve todos los problemas. No se detiene. Mantenerse ocupado evita temporalmente el contacto con el dolor. Pero tarde o temprano ese dolor necesita un espacio.
Reconocer la tristeza forma parte de una gestión emocional más saludable.
3. La necesidad de afecto convertida en burla
La expresión emocional en hombres también puede complicarse cuando hablamos de cariño. Todos necesitamos sentirnos queridos, valorados y cuidados. Sin embargo, pedir afecto supone mostrar vulnerabilidad. Algunos hombres hemos aprendido que esa vulnerabilidad masculina resulta incómoda o poco aceptable.
Por eso, ante la pareja podemos adoptar una actitud fría o distante. Decimos: «Haz lo que quieras». Después nos alejamos. Pero quizá lo que realmente queríamos decir era algo muy diferente. Por ejemplo «Necesito sentir que te importo».
Entre amigos también puede existir un cariño profundo que cuesta expresar directamente. Un abrazo afectuoso puede resultar incómodo cuando nunca aprendimos a mostrar ese tipo de cercanía entre hombres. Entonces aparecen las bromas, las burlas ligeras o los insultos amistosos. A veces decimos riendo aquello que no sabemos expresar seriamente.
Esta sustitución emocional permite mantener el vínculo sin mostrar abiertamente nuestra necesidad de afecto. Sin embargo, también puede limitar la inteligencia emocional en hombres. Nos impide expresar algo tan humano como querer y sentirnos queridos.
4. Ocultar la vulnerabilidad tras el ataque o la superioridad
La vulnerabilidad puede resultar incómoda cuando hemos aprendido a relacionarla con la debilidad. Imagina que un hombre comete un error delante de otras personas. Puede sentir vergüenza, inseguridad o miedo al juicio ajeno. Pero reconocerlo resulta difícil. Entonces responde atacando: «¡Nadie me explicó correctamente lo que había que hacer!».
El ascenso profesional de un compañero puede despertar inseguridad. En lugar de reconocerla, esa emoción puede convertirse en competitividad o desprecio. «Tampoco es tan bueno», pensamos.
Algo parecido puede ocurrir durante una conversación. No conocer un tema puede generar vergüenza. Para esconderla, alguien adopta una actitud de aparente superioridad.
El miedo al rechazo amoroso puede seguir la misma ruta. En lugar de admitir interés e inseguridad, mostramos indiferencia. «Tampoco me interesaba tanto», nos decimos.
Estas respuestas pueden proteger nuestra autoestima durante unos minutos. Sin embargo, dificultan una regulación emocional sincera. La gestión emocional en hombres también implica aprender a tolerar esos momentos de vulnerabilidad.
El permiso emocional: clave para la alfabetización emocional en los hombres
Podemos aprender a cambiar estos patrones aunque no lo consigamos de un día para otro. No consiste en pasar de esconder nuestras emociones a contarle todo a todo el mundo lo que sentimos. Se trata de ampliar nuestro repertorio emocional.
Necesitamos permitirnos sentir aquello que antes rechazábamos automáticamente. Este proceso forma parte de la alfabetización emocional.
De la sustitución a la aceptación: el camino hacia la gestión emocional en hombres
El primer paso consiste en nombrar lo que sientes. Parece sencillo, pero no siempre lo es. Si estás triste, intenta reconocerlo sin juzgarte. Si tienes miedo, pregúntate qué está provocándolo. Tal vez descubras que detrás del enfado existe tristeza. Quizá debajo de la indiferencia encuentres miedo al rechazo. O puede que detrás de una broma constante exista una necesidad de afecto difícil de expresar.
La aceptación emocional necesita práctica y paciencia.
Cuando notes que estás a punto de explotar, detente unos segundos. Respira. Después, intenta encontrar palabras para ese nudo que tienes dentro. Hablar con alguien de confianza también puede ayudarte. Poner palabras a una emoción suele hacerla más comprensible. (1)
Así comienza una gestión emocional más consciente. Poco a poco, esa pesada armadura puede dejar de ser necesaria.
A continuación un ejercicio sencillo que podemos llamar «El permiso emocional masculino». Su objetivo es identificar la emoción encubridora y descubrir qué sentimiento puede esconderse debajo.
Paso a paso para una verdadera gestión emocional
Primero, identifica algo qué sucedió y te movilizó emocionalmente.
Después, observa qué mostraste hacia fuera. Quizá reaccionaste con enfado, indiferencia, sarcasmo o superioridad.
Ahora hazte una pregunta sencilla: ¿Qué había debajo?:
¿Miedo?
¿Tristeza?
¿Vergüenza?
¿Necesidad de afecto?
¿Sensación de rechazo?
No intentes responder demasiado rápido. A veces necesitamos tiempo para reconocer una emoción que llevamos años evitando.
Después, identifica qué emoción permitida utilizaste como escudo.
El siguiente paso consiste en descubrir el mandato aprendido que pudo bloquear la emoción original. Quizá aparezcan mensajes conocidos:
«Los hombres no lloran».
«Tienes que ser fuerte».
«No puedes tener miedo».
«Resuélvelo tú solo».
«Muéstrate indiferente, imperturbable».

Al quitarnos las máscaras, aparecemos tal cual somos
Finalmente, intenta comunicar lo que ocurre desde una posición adulta. Por ejemplo: «Estoy enfadado, pero también estoy triste y tengo miedo». La frase parece sencilla. Sin embargo, representa un cambio enorme.
Ya no necesitamos elegir entre sentir rabia o reconocer nuestra vulnerabilidad. Podemos aceptar ambas experiencias y comprender qué intenta decirnos cada una. Ahí empieza una gestión emocional más consciente.
Las emociones en los hombres no necesitan una nueva lista de prohibiciones. No debemos cambiar «los hombres no lloran» por «los hombres nunca deben enfadarse».
El enfado también puede ser legítimo. La diferencia está en reconocer cuándo expresa realmente una vulneración de nuestros límites. O la reacción a una situación injusta. Pero debemos diferenciar cuándo funciona como una emoción de sustitución.
«No empujes el río pues fluye solo» (Fritz Perls)
La gestión emocional en hombres no consiste en eliminar el enfado, el miedo o la tristeza. Consiste en reconocerlos, comprenderlos y expresarlos sin hacernos daño ni dañar a los demás.
Tampoco necesitamos imponer una nueva forma correcta de sentir. Más bien se trata de sentir lo que realmente sentimos; ser quienes realmente somos.
Necesitamos ampliar nuestras posibilidades. Podemos sentir miedo y seguir siendo valientes. Llorar y seguir siendo fuertes. Podemos necesitar cariño sin sentirnos débiles. Decir «esto me ha dolido» sin esconderlo detrás de un ataque.
Ahí empiezan a encontrarse de otra manera los hombres y las emociones. Cuando dejamos de considerar ciertas emociones incompatibles con la masculinidad, ganamos libertad emocional. También mejoran nuestra expresión emocional, nuestras relaciones y nuestra capacidad para comprendernos. Quizá ese sea el verdadero cambio.
Las emociones en los hombres dejan de ser algo que debemos esconder. Pasan a ocupar el lugar que siempre les correspondió: formar parte de nuestra experiencia humana.
Y ahora, ¿Qué emoción estás escondiendo?
Quizá el siguiente paso no sea aprender nada nuevo. Quizá sea dejar de esconder algo que ya está dentro de ti. Piensa en la última vez que reaccionaste con rabia, indiferencia o ironía. ¿Qué había realmente debajo?
No necesitas responder a nadie. Empieza por responderte a ti. La próxima vez que aparezca esa armadura, prueba algo diferente. Antes de reaccionar, hazte una sola pregunta: «¿Qué sentiría si no tuviera que demostrar nada?» Tal vez la respuesta te sorprenda.
Y quizá ahí empiece una forma más libre de vivir tus emociones.
Y si eliges sentirte acompañado en este proceso puedes contactar conmigo. Visitas presenciales (en Sabadell) y también online.
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Formulario de contacto: Sí, quiero información sin compromiso sobre un proceso personal.
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(1) Este mecanismo conocido como «etiquetado afectivo» ha sido estudiado por la neurociencia. Básicamente nombrar una emoción «deriva» la excitación de la amígdala cerebral a la corteza prefrontal. La amígdala es el sistema de alarma del cerebro. La corteza prefrontal favorece la regulación racional. La participación de estas dos estructuras cerebrales favorece una respuesta más integrada.
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